El tren de los niños : cuando una historia pasa por el cuerpo
Miradas que viajan
Sería una traición a mi propia historia y al aporte de las mujeres a los grandes cambios no hablar de esta película.
Basada en el libro de Viola Ardone, El tren de los niños es una bella obra de arte delicada y profunda. Aborda el mundo del que emigra: la ruptura, el desarraigo, los silencios, los imaginarios; aquello que no se tramita y queda atorado en la garganta, en los huesos o en el cuerpo que lo carga todo.
Es difícil ponerlo en palabras. Hemos aprendido a nombrar lo visible. -el rojo de la sangre, el dolor cuando hay hambre, el hedor de lo que se descompone- pero no aquello que se instala de manera muda y persistente dentro.
La película se acerca a lo humano sin subrayados innecesarios. No hay heroísmos desbordados ni diálogos grandilocuentes. Tampoco hay una estetización de la herida. Todo ocurre con una sobriedad que permite mirar sin quedar paralizados.
Ambientada en la Italia de la posguerra, la historia se centra en un hecho real: alrededor de setenta mil niños del sur fueron enviados en tren al norte del país para escapar del hambre, las enfermedades, y para acceder a otra posibilidad de vida.
Este proyecto solidario fue impulsado por el Partido Comunista junto con la Unión de Mujeres Italianas. Los niños fueron acogidos, especialmente en la región de la Romaña, por familias campesinas que, aún teniendo poco, compartieron lo que tenían y ofrecieron cuidado, educación y nuevos valores.
Un hecho impactante del film es cómo muestra el miedo construido desde la desinformación. En la década de 1940, la Iglesia católica y los sectores más conservadores difundieron rumores para intimidar a las familias: decían que los niños serían maltratados, mutilados o enviados a campos de concentración. El miedo operó como herramienta política, dividiendo a quienes ya estaban heridos por la guerra. Ocho décadas después el mismo argumento está presente en el discurso político de muchas naciones. Usan además del miedo, la desinformación y la mentira repetida como herramienta para ordenar, dividir y ganar adhesiones, muy particularmente usado en América latina.
Invita a pensar que el “ desarrollo” es una total ilusión cuando se piensa en cultura política, tenemos mas medios serios de información y formación, pero la interpretación de los hechos siempre está intermediada por intereses de poder.
Viendo esta cinta, lloré mi propia historia. En el momento en que los niños son separados de sus padres, regresé a mi propio viaje de inmigración: el cuerpo partido en dos.
Una parte se queda resguardando el olor de la comida, la lengua que nos nombra, la familia, los amigos, los hijos, los colores del paisaje que luego buscamos desesperadamente en el lugar al que llegamos, con la ilusión de no perdernos del todo, de no ser borrados.
La otra parte —la que avanza— lo hace para sobrevivir: aprende, respira, ama, pero camina aterrorizado, confiando en la palabra de otros, sin mapa, sin garantías, sin identidad clara, adivinando en silencio cómo dar el siguiente paso.
Foto: anonymous. Wikimedia Commons.Hay un vacío que no se repara y una confianza que nunca alcanza del todo, una herida que no sana: solo se aprende a llevar mejor. Y no sucede porque otros nos traicionen, sino porque las expectativas rara vez encajan con la realidad. Es sencillamente el precio que se paga. Hay más comida, más orden, mas aprendizajes, cierta belleza; pero es precisamente eso lo que, muchas veces, nos separa de aquello que intentamos preservar.
En la película hay una pieza de oro. Una escena en la que el protagonista lleva una manzana que le dio su madre. A pesar del hambre y un largo viaje, la conservó por mucho tiempo. Esta imagen la asocié a una experiencia ocurrida en el Bronx cuando daba clases de arte. Cuando teníamos tema libre, el objeto favorito en el dibujo era la comida. Me tomó años entender la importancia de este hecho y fue en época de pandemia dando clases en línea. La interacción era al inicio imposible, estaban mudos, pensaba que era por ser algo nuevo. Un día como chiste empecé contándole a los estudiantes -eran de primaria- lo que había desayunado esa mañana y de pronto la pantalla se llenó de manos pidiendo turno para participar. La palabra había encontrado la ruta.
Ese día fue el comienzo de una nueva etapa en mi vida como maestra y como ser humano. Entendí que la comida no es solo la pieza que calma el hambre, es una conexión entrañable con lo que da identidad. Entendí que parte de mi tristeza era que en afán de aprender lo nuevo había perdido una parte vital, una que daba rostro. También fue y ha sido el punto para construir conversaciones con aquellos que tiene su mundo puesto en dos orillas.
La película rescata de manera bellísima el papel de las mujeres en los grandes cambios, esos que resuenan desde dentro. Seres que tejen redes donde no hay estructura, que muestran que el amor se construye desde la conciencia, que la solidaridad es posible incluso cuando la guerra lo dinamita todo.
Al mismo tiempo, el film no idealiza: también cuestiona las actitudes machistas dentro del propio partido comunista y muestra que no todo era justo ni luminoso para todos.
Quiero resaltar este punto: no toda obra hecha por mujeres representa una perspectiva femenina. Esa mirada sólo puede ser contada por quien ha tomado conciencia de su lugar, en un contexto histórico donde el relato dominante se ha construido, muchas veces, a partir de la exclusión deliberada de las mujeres.
Desde un punto de vista narrativo, la película resulta profundamente revolucionaria. Los personajes no ocupan roles rígidos ni opuestos: cada uno porta belleza y sombra, y desde esa complejidad se construye el relato. Es una mirada sistémica, solidaria; donde el romance no es el eje central, y sin embargo la atención nunca se pierde.
Me conmueve especialmente el respeto con el que se aborda el rol de la maternidad en sus múltiples facetas. Representada sin moldes rígidos, sin convertir el dolor en un acto irreparable, sino desde una aceptación digna de la realidad que no se puede cambiar y la voluntad de seguir adelante.
Hay una escena en la que el niño, al volver a su hogar original, intenta desvalorizar a su progenitora y recibe una lección de otra mujer que lo obliga a mirar los sentimientos desde su contexto. En este punto se muestra algo que se niega socialmente: La sororidad, ha existido siempre, sin embargo los imaginarios se han construido a partir de registrar lo contrario.
La resolución de los conflictos es fluida: no se sobredimensionan las situaciones hasta volverlas insolubles. En ese sentido, la película es sencillamente exquisita.
En lo estético, las escenas están logradas con pausa y precisión, sin exceso de palabras. Y uno de los aspectos más bellos es el lugar del arte dentro de una lógica de supervivencia.
“Es solo para los ricos, es una pérdida de tiempo”, dicen algunos adultos.
Pero para el niño —eje central de la historia— el arte es lo que da sentido y dirección a su vida.
Al terminar la película entendí que algunas historias solo se dejan comprender cuando nos atrevemos a nombrarlas. Que, al final, estamos hechos de gestos que no se borran y de historias que, por más lejos que vayamos, siguen pronunciando nuestro nombre.
Nota de la autora
Este texto nace desde una experiencia personal de migración y desarraigo. No busca analizar la película como una reseña, sino dialogar con ella desde el cuerpo, la memoria y la historia compartida. Escribo para honrar la sensibilidad de la autora del libro y la mirada de la directora, cuyo trabajo abre un espacio donde la experiencia personal y la memoria colectiva pueden encontrarse.
Por: Rosalba


Comentarios
Publicar un comentario