Erling Haalan: La masculinidad que juega





No,  nos enamora su cabellera, su fuerza o sus músculos marcados. Ni sus labios sensuales. No  su mirada amorosa ni la postura abierta de su pecho  como diciendo, aquí estoy y acepto todo lo que existe.

 

Es cierto que  danza  mientras juega, y eso parece perfecto. Hay una armonía entre potencia y delicadeza que llama la atención. 

Incluso su manera de vestir sin temor a incorporar elementos tradicionalmente asociados a lo femenino, rompe los códigos rígidos de la masculinidad contemporánea.


Pero no, su encanto no está en ninguna de estas cosas. Su belleza  nace justo en el centro de su  pecho. Un hombre que no vive separado de sí mismo, alguien que conserva la capacidad de sentir, de emocionarse, asombrarse, de llorar y de habitar el cuerpo como un regalo. Sin miedo a la sensualidad, a recibir y dar afecto a otros hombres públicamente. Un gesto de ternura que guarda  no  solo para sus mejores amigos, lo hace también con sus seguidores y   rivales. 


El Haalan juguetón que surge cuando está  con sus compañeros de equipo resulta tan cautivador  como el hombre de mirada profunda cuando comparte tiempo con su  familia.

Se percibe respeto y cuidado hacia las personas que trabajan con él en los entrenamientos y atención genuina a las personas que lo rodean. En las entrevistas transmite presencia. Su cuerpo, sus ojos y palabras parecen habitar el instante. 


Su Espontaneidad es  atrevida en el buen sentido; se toca, revisa sin pudor cualquier parte del cuerpo, mientras responde una pregunta sin la preocupación constante por controlar su imagen. Tampoco parece incomodarse cuando un compañero lo interrumpe con una muestra de afecto o cuando un rival lo abraza frente a las cámaras. No se disculpa por lo que es, no da explicaciones por lo  que siente. 

Cada segundo,  para él,  es el momento adecuado:  lo goza, lo vive asumiendo las consecuencias. Se ríe de sí mismo. No se enfada con lo que el mundo piense de él,  porque sabe lo que es. 


“No lo sé,” es una palabra que usa con frecuencia. La incertidumbre no amenaza su identidad en un mundo que exige certezas permanentes.

Esa serenidad se hace visible dentro del campo. Bromea, celebra de forma autentica, hace gestos divertidos. Si bien se protege cuando es atacado,  rara vez responde  a las provocaciones manteniendo  la atención en el juego sin necesidad de acudir a la trampa ni a la revancha para mostrar su grandeza. 


Quizás por eso puede incluso puede reír con  quienes intentan reducirlo a memes, caricaturas, unas descontextualizadas que buscan ridiculizar su sensibilidad o cuestionar su masculinidad 

No parece dispuesto a defenderse de lo que no lo define.

  

Podría decir mucho mas, pero estas   escenas 

Bastan para comprender porque Erling Haalan despierta una admiración que trasciende el fútbol, no es solo el deportista. Es un hombre que parece reconciliado con todas las dimensiones de su vida.


El fútbol como deporte parece haber muerto, ahogado  por  intereses políticos, racismo, trampas cometidas  ante los ojos  del mundo,  decisiones arbitrales que producen más vergüenza que justicia. 

Sin embargo este mundial, nos ha dejado ver  figuras que representan algo mucho más valioso que el resultado de un partido. Entre ellas, el  hombre al que  llaman máquina o robot, para restar  mérito a una carrera construida con disciplina y una manera distinta de entender la vida. Visión que lo separa de la realidad que hoy vive en general, la masculinidad construida para la guerra, el poder, el sexo  y el dinero. 

En contraste su actuar,   representa un volver a casa, traer de vuelta la masculinidad robada. Para las mujeres es estar frente  a alguien con la que una estaría a salvo.  

Hombres como él,  han existido a lo largo de la historia, en la antigua grecia, dentro de los 

Las comunidades originarias de América -como ejemplo la confederación iroquesa- y números  pueblos africanos, comprenden la masculinidad y feminidad   como principio diferentes pero complementarios. La armonía del mundo dependía del equilibrio entre ambos y no de la supremacía del uno por el otro. 


La religión, los códigos morales, la revolución industrial redujeron tanto a hombres como a mujeres a funciones. A ellas se les asignó el deber de encarnar la belleza, el cuidado y la obediencia; a ellos la producción, la protección, la competencia y la guerra. 

La experiencia humana se empobreció y abrió una brecha entre hombres y mujeres que dejaron de encontrarse como personas completas para verse desde la utilidad, el poder o el deseo.  


La esencia humana y la masculinidad que representa Haaland no necesita proclamarse. No se impone con el volumen de la voz ni con gestos grandilocuentes. Se revela en la coherencia entre lo que un hombre dice y lo que hace. Hay hombres cuya presencia habla antes que sus palabras: respetan sin exhibirse, cuidan sin anunciarlo, sostienen sin reclamar reconocimiento. Dicen mucho con muy pocas acciones. 

Hay hombres cuya presencia es un lenguaje. Eso es Haalan. No necesitan convencer ni seducir con palabras. Su manera de mirar, de trabajar, de aceptar la derrota, de celebrar el triunfo o de tratar a quienes los rodean habla por ellos, comunica mas que mil discursos. Sus valores no son un personaje construido para el espectáculo sino como un ser humano que se reconoce interdependiente de otros seres. 


Y no se necesita vivir en Noruega para  reclamar esa forma de ser hombre. La dignidad no le pertenece ni a una cultura o a un país.  Basta  revisar la historia y aprender de aquellas sociedades que comprendieron que la fuerza no consiste en dominar,  sino en convivir, que la valentía no nace de la violencia sino del cuidado, que la identidad masculina no pierde profundidad cuando incorpora la sensibilidad, sino que la recupera.


Tal vez eso sea lo más valioso que este Mundial nos ha dejado. No solo un gran futbolista, sino el recordatorio de que otra masculinidad es posible. Una masculinidad que no necesita demostrar permanentemente su poder porque descansa en la integridad de quien sabe quién es. Un hijo de una familia noruega terminó convirtiéndose, quizá sin proponérselo, en el símbolo de una conversación mucho más antigua que el fútbol: la recuperación del alma humana que durante siglos les fue arrebatada tanto a hombres como a mujeres. 


Libros de referencia:

 

. Los príncipes que no son azules. Aaron R Kipnis 

. La identidad masculina XY. Elisabeth Badienter

  
Rosalba Henao


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